na vez estaban
artigando la tierra un lobo, un oso y un
zorro. Hacia el mediodía, el zorro fue a
preparar la comida. La comida la
improvisó a base de un cuenco de cuajada
que había robado en la chabola de un
pastor. Pero le pareció tan apetitosa,
que no pudo evitar la tentación de
probarla. Y así, primero comió un
poquito y después otro poquito hasta
reducir el cuenco a la mitad.
Entonces,
sacó del cuenco el resto de la cuajada y
puso en el fondo del recipiente boñiga
de vaca y, sobre ella, la cuajada.
Vinieron a
comer el lobo y el oso, y el zorro les
preguntó qué preferían comer: lo de
arriba, lo del medio o lo del fondo.
El oso
dijo: -Yo lo del fondo.
El lobo dijo: -Yo lo del medio.
El zorro se apresuró: -Pues yo prefiero
lo de encima.
Comió,
pues, el zorro la cuajada que estaba
encima dejando la boñiga para los otros.
Al reconocer el lobo y el oso el
contenido del cuenco se lanzaron en
persecución del zorro. El lobo
consiguió sujetar al zorro por una pata
y el zorro le dijo:
-Suelta esa pata y cógeme de la otra.
Apenas el lobo le hubo soltado la pata,
cuando el zorro huyó como un rayo.
En
constante persecución llegaron hasta un
río que el zorro salvó de un salto, al
mismo tiempo que apostaba con sus
perseguidores: «A ver quién suelta el
pedo más sonoro durante el salto». Por
supuesto que él ganó la apuesta.
Consiguió,
por fin, refugiarse el zorro en su
madriguera. El lobo y el oso prepararon
una fogata en la boca de la madriguera
con la intención de quemarlo vivo. El
zorro comentaba desde el fondo de su
guarida: -Os agradezco mucho el calor que
me estáis proporcionando.
El oso y el
lobo, cambiando de táctica, comenzaron a
inundar la madriguera con la intención
de ahogar al zorro. El zorro se dirigió
de nuevo a ellos:
-Si antes me habéis ofrecido calor ahora
os tengo que agradecer lo bien que me
estáis refrescando.
Después de
esta última tentativa, el lobo y el oso,
fracasados en sus ensayos, se marcharon
definitivamente.