ablaba una vez la
zorra al lobo sobre la fuerza y el valor
del hombre:
-Ningún animal - decía - es capaz de
resistirle, y hasta para evitarle es
preciso ser astuto.
-Pues yo -dijo el lobo- de buena gana
pelearía con el, si supiera donde esta.
-Te lo diré con mil amores -replico la
zorra- yo te llevare donde esta el
hombre.
El lobo fue
puntual, y la zorra lo condujo a una
vereda por donde solía pasar un cazador.
Al poco rato vieron acercarse un anciano
enfermo y achacoso.
- ¿Es ese el hombre? -pregunto el lobo.
- No -respondió la zorra-. Ese lo fue
hace tiempo --en seguida paso un niño
que se dirigía a la escuela.
- ¿Es ese el hombre? --volvió a decir el
lobo.
- No, no es un hombre; pero lo será
dentro de poco.
Por fin se
presento el cazador, con el cuchillo a la
cintura y la escopeta a la espalda.
- Ahí viene el hombre! --exclamo la
zorra--. Quedate con el. Por mi parte
tengo que hacer una diligencia. ¡Hasta
luego!.
El lobo se
lanzo sobre su enemigo, y este le dijo
tranquilamente al ver a la fiera:
- ¡Que lástima! ¡No he cargado con con
balas mi escopeta! -- Y apuntando a la
cabeza del animal, disparó un cartucho
perdigones. Hizo el lobo un gesto de
dolor, pero no se acobardo y siguió
corriendo. El cazador disparó por
segunda vez y el lobo, furioso, llego a
los pies del enemigo.
El cazador
desenvaino el cuchillo y, blandiendolo a
derecha e izquierda, dio al lobo un par
de cuchilladas, de modo que la fiera,
derramando sangre y dando aullidos
espantosos , volvió a la cueva de la
zorra.
- ¿Que tal amigo lobo?
- ¡Pobre de mi! --replicó el lobo--. El
maldito tomo primero una caña que
llevaba al hombro, soplo por ella y me
hecho a la cara una lluvia de piedras.
Tomó otra vez la caña, volvió a soplar
y recibí en los ojos un rayo y una
granizada. En fin, cuando me tuvo cerca,
se saco del cuerpo una costilla, y con
ella me ha puesto como me ves.