uenta la historia
que existía una mujercita lo
innecesariamente adulta para ser tan
niña y lo extraordinariamente mágica
para ser mujer.
Su particular manera de ser la llevó a
mundos lejanos y cortos, por caminos
nuevos, otros viejos y otros más
completamente curiosos como para
despertar la hiperactividad de la nena.
Siempre sintió que su alma no era de
este mundo, mucho menos su cuerpo para
estar atada a un sólo lugar. Su fuerza
era indómita, su andar silvestre, su
naturaleza aventurera y su corazón de
investigadora de mundos.
Día tras día se preguntaba: qué
hago aquí, esto es muy pequeño para mí
o será que soy yo quien no cabe
acá.
Por supuesto ella no nació de la nada,
tuvo la gran dicha de poseer la mejor
familia que pudiera existir. Ella la
amaba y era su gran soporte, no había en
el mundo nada más importante que su
familia.
Pero ella creció y aunque existen
reglas, normas, estatutos y limitaciones
pertenecientes a toda una excelente
formación... ella era ella, un ser
individual, cimarrón, que quería
conocer y vivir el mundo.
No el mundo que la rodeaba, ese no, ni el
mundo cercano y fácil, no el mundo
normal; ella deseaba entrañablemente
conocer un universo paralelo.
Lo buscó, lo trató de ubicar, encontró
los implementos necesarios para emprender
la exploración, sin embargo, no topó
con suerte.
Fue así como armó su propio mundo, una
especie de subrealidad, donde los ritos
y las ceremonias valían sobre todo. Los
códigos y los versos eran su léxico,
las danzas interminables su seducción a
los vientos, el canto su control a los
tiempos y la luna su fuente de energía.
Estos elementos pesaban más que el
comportamiento humano común, era una
especie de aura mitológica, casi
autista, matriarcal por supuesto, ella
era mujer! Todos los elementos juntos le
había proporcionado una luz
brillantemente especial.
Armada de casi todo lo que requería,
empezó a forjar vida...
Recorrió pueblos y avenidas, callejones
y senderos, ciudades chicas e imperios
sorprendentes. Y así como conoció
lugares, frecuentó gentes: altas,
pequeñas, gordas y flacas, interesantes
y aburridas, risibles y lamentables,
conoció y conoció y jamás se cansó de
conocer.
Tanta era su sed salvaje de indagación
de tierras y culturas, que logró armar
campamento en un sitio lejano,
desconocido, con idiomas y actos
novedosos, los aprendió, adaptó los que
le atraían y desechó los que no. Y así
incluso, fue con los moradores: unos
nativos, otros extranjeros igual a ella.
Caminando vías y destinos pasó por
experiencias múltiples, ahora
interesantes de narrar pero largas
también, quizás no era una vida
comparativa a la de los demás, pero
había vivido. A su edad había vivido
muy a un estilo propio, casi inexplicable
para otros, por eso amaba su vida.
Y entre este tanto que conocía y
aprendía, se redescubrió.
Al fin su salvajismo tenía una
explicación: no era niña, no era
mujer...era una loba!!!
Como loba se condujo por días, semanas,
meses y años. Siguió recorriendo
pueblos y avenidas, callejones y
senderos, ciudades no tan chicas e
imperios no tan sorprendentes, pero sí
coleccionables para su mundo paralelo.
Mientras caminaba y trotaba bosques, fue
atrapada en inhóspito cautiverio. Basada
en su previa experiencia altamente
adaptable, en un inicio no presentó
resistencia. Mas el contacto con algunos
de los seres ahí habitantes dio rienda
suelta a la asfixia y desolación.
Al fin cayó en cuenta de que estaba
enclaustrada. Aquel lugar no era un
refugio, era un encierro.
Inició tácticas para evacuar esa
sensación, adecuó procesos de
socialización, en algunos casos
increíblemente majestuosos, otros
abortivos. Y como anteriormente lo había
hecho: rescató lo rescatable y marginó
lo desechable.
Entre y jaula y jaula, en un rincón
encontró imágenes conocidas,
familiares, sujetas a su alma, curioseó,
averiguó y preguntó, fase que nunca
debió explorar. Literalmente entraría a
la cueva del lobo..
En un mundo normal encontró alguien
anormal igual a ella.
Un lobo adulto, mucho más. Ella apenas
era una lobezna, cachorra por
autodescripción y medición de su
familia.
Lobo gris adulto y lobezna empataron,
corrieron, se alejaron, lograban de vez
en cuando invisibilizarse de los demás
acechadores.
Lobo gris sedujo con palabras
mitológicas y aromas afrodisíacos sobre
posesivos. Embrujó con cuentos de
excelente redacción y relatos de vidas
anteriores semejantes o impresionadoras,
casi envidiables para la cachorra.
Logró capturar su atención. Se
entretuvieron compartiendo mundos en
medio del cautiverio.
En un primer plano simpatizaron, luego se
atrajeron, pese a que en un bosque lejano
Lobo gris tenía su propia camada. Aún
así, habían nuevas historias que
construir.
Cada luna llena era un festín, Loba
cantaluna se enigmatizaba y lograba que
el Lobo gris celebrara con ella tan
especial ciclo lunar.
Danzas de cortejo aparecieron una y otra
vez, por días desaparecían, no
obstante, volvían a danzar al acercarse
la luna llena.
Ambos eran fuertes, muy fuertes, pero
más que fuertes... indómitos,
egocéntricos, apasionados de su
individualidad y demandantes de
protagonismo, siendo esto la debilidad
para tan mitológica relación.
Buscaron espacios, los mismos que fueron
rechazados en múltiples ocasiones,
lastimándose constante y mutuamente.
Era obvio que Lobo gris había recorrido
bosques más que Loba cantaluna y sabía
muy bien cómo defenderse en esos
territorios, mientras que ella apenas los
descubría.
Loba cantaluna pese a su valentía y
coraje al enfrentarse al mundo, era tan
cachorra que estaba acostumbrada a ser
sobre protegida, por lo que pretendió
más de una vez que él entendiera su
posición, ella había nacido para
brillar en todos los ámbitos y jamás
soportaría la idea de segundar en
ninguna situación.
Lo intentó, pero era más fuerte la
terquedad del Lobo gris y se separaron
por un tiempo muy largo, muy extenso en
las vidas lobunas.
Aunque su distanciamiento tuvo las
mejores intenciones, fracasaron.
Volvieron como fieras locas a olfatearse
en medio de aquel indescifrable
cautiverio y en esta oportunidad fue
peor.
La lobita había cambiado, había tomado
una decisión, por primera vez estaba
segura de lo que quería con el lobo
adulto. Mas su deseo fue apaciguado por
el disimulo, no quería que él lo
notara, lo dejaría avanzar hasta donde
su poca humildad lo dejara y pasó lo que
pasó.
Al acercarse la primera luna llena del
sétimo mes de sus ciclos, Lobo gris
lanzó la mejor propuesta de toda esa
inaceptable pero loca y atractiva
relación: le prometió un escape del
cautiverio.
La huída sería para la segunda luna
llena del séptimo mes. Justo la luna
llena extra, justo la luna que
permitiría hacer cualquier cosa...era
extra, daba licencia a ser lo que se es.
Los ojos ajenos la alertaban de que no
debía ser, mas lo internos siempre
usaban antifaz como quien no quiere ver
la realidad.
Lo pensó, lo meditó y repitió los por
qués de su seguridad ante aquel paso que
daría. En una situación muy personal
estaba lista: orgánica, sicológica y
biológicamente estaba preparada, no
obstante, a nivel emocional, titubeaba.
Ese miedo giraba espiralmente jalando
entre el raciocinio y la mitología.
Estaba segura de que era el lugar, era la
fecha y era su estado actual.
Intentó compartir criterios con el lobo,
pero fue imposible, el lobo contaba con
la suerte de poder fugarse en intentos de
oxigenación y para esa época él estaba
por cavar hoyos y correr.
Lo distrajo más su fuerza natural que el
imán con la loba y volvió hacer lo que
a ella siempre la lastimó. Se marchó
sin despedirse justo antes de la gran
huida, días previos al escape a la
locura, al deseo, al encuentro con el
frenesí, a la recuperación de su yo
interno... como una estampida al universo
paralelo.
Fue entonces cuando ella comprendió que
por más que quería a aquel Lobo gris,
jamás dejarían competir: quién aúlla
más fuerte, quién corre más rápido o
quién caza mejor.
Nunca acordarían sus estados mentales y
emocionales y esto evitaría sobre todas
las cosas su danza de apareamiento.
Y así fue como tomó su segunda gran
decisión respeto al Lobo gris.
Descubrió una diferencia entre ambos:
ella sí lo quería, más de lo que
pensaba, estaba consciente que aunque
fuera el lobo más lobo, en ocasiones se
convertía en un simple hombre,
comportándose como tal.
Empero su necesidad de refugio en él la
detenía para largarse del todo, no
contemplada estados de realidad. Lobo
gris nunca iba a dar más que lo que él
quisiera.
Loba cantaluna no quería más, sólo
explotar al máximo aquello ya dado. Pero
él nunca lo entendió, nunca pudo ver
que ella no era igual a ninguna hembra
conocida por él.
Y Loba cantaluna empezó a remover con
sus patitas la humedad en sus ojos
pardos. La primera luna llena del sétimo
mes aulló y aulló.
Descubrió que lo quería demasiado como
para estar cerca de él, cada desplante
pasado y futuro provocaría odio y eso
ella no lo permitiría, jamás su
corazón abrigaría un sentimiento
negativo para aquel con el que más de
una vez había compartido lunas.
Así que mientras secretamente alistaba
mochila y empezaba a cavar hoyos justo
como él le había enseñado, la loba
silenció su voz, colocó bandera blanca
y pidió tregua, estaba segura de que le
quedaban muy pocos días en la jaula y
decidió regalar la paz al lobo adulto,
ya era suficiente con el cautiverio como
para cargar con una negatividad mayor.
Sin embargo, Lobo gris partió a uno de
esos viajes de oxigenación,
dolorosamente al lugar que prometió a la
loba. Él no se dio cuenta pero ella se
despidió, aquella mezcla entre la
separación del lobo y el peso del
encierro era demasiado para ella, así
que quizás ella regresaría al bosque en
el que vivió por seis años.
Faltaría un ciclo lunar entero para
alcanzar la fecha prometida en la que la
luna llena sería tan gentil en volver a
lucirse.
Qué días tan densos, que mortal espera:
cavando hoyos, aullando fino y largo.
Aquella luna llena extra era la mayor
propietaria de expectativas como para
dejarla desperdiciar.
Loba cantaluna no sabe dónde la
aullará, pero sí sabe con seguridad que
en las tierras lejanas de histórica
existencia, de bosque seco y clima
amigable, allá junto a otros seres
salvajes y excitantes promesas, se
escuchará el aullido más largo jamás
antes escuchado... porque no será uno,
serán dos fundidos mitológicamente sin
importar distancias, ni estados, ni
estereotipos, ni mitos, ni tabúes, sólo
el pliegue de algunos kilómetros que
marcarán
el inicio de una leyenda.